¡¡ Quiero que me des calabazas !!
Palabra tras palabra creamos un sueño
Sueño tras sueño construimos una ilusión
Ilusión tras ilusión formamos una vida
Dos vidas que se juntan para ser del mismo dueño
En el trayecto que va desde mi casa al trabajo de las mañanas, recorro aproximadamente algo más de cuatro quilómetros que hago andando todos los días de año. Por el camino voy recogiendo, o me van dando, hasta cuatro periódicos gratuitos, cinco los lunes con el deportivo. Por orden de aparición son ADN, Qué!, Metro, 20 minutos y Gol. Además, en un quiosco cercano, me compro un diario de los tradicionales de pago. Siempre me hago el firme propósito de, al menos, ojearme los titulares y algún artículo de fondo, entre la hora del bocadillo y de las necesidades mayores, para comentarlo en los corrillos de la oficina pero la verdad es que, salvo las páginas dónde se anuncian los programas de televisión y el tiempo, poco más leo.
En casa instalamos la televisión digital terrestre, con lo que recibimos veinticuatro o veinticinco canales de televisión más otros nueve o diez de radio, además de cinco o seis locales que no sé si contar porque estos van con niebla incorporada y su emisión no es nítida. Remata la oferta televisiva familiar el Canal Digital que incorpora sesenta canales de televisión (o así) más la oferta radiofónica acoplada a estos (ni sé el número). Lo cierto es que, cuando llego por la noche a casa, sólo me da tiempo a ver mis series favoritas que, para más “INRI”, los lunes y los martes, me simultanean dos por lo que tengo que grabarlas para visionarlas otros días de vacante televisiva.
No hay que olvidar que, en mis ocupaciones laborales, tengo una magnífica (cuando se deja) conexión a “La Red” en la que puedo consultar toda la oferta informativa que quiera, aunque pocas veces la utilizo para eso, sino para leer vuestros diarios, poner algún comentario, escribir un ratito en el mío y fomentar mis relaciones sociales a través de los programas de comunicaciones al uso. Incluso cuando me voy a la cama, escucho algún programa de radio para ver si me entero de lo que pasa en el mundo, pero no suelo pasar del primer corte publicitario.

En resumidas cuentas se podría decir que soy uno de los hombres que mejor podría estar informado en el mundo. Y escribo ‘podría’ porque no es así. No es así porque para saber lo que es de verdad noticia, hay que verse “Aquí hay tomate”, “Salsa Rosa” o “¿Dónde (coño) estás corazón?” por citar algunos de los ochocientos mil programas del corazón que se emiten semanalmente. Y yo, no me los veo. Hay que mirarlos para saber los pormenores del cierre por corrupción del Ayuntamiento de Marbella; del fraude en la Seguridad Social en Jerez de la Frontera dónde habían abierto un supermercado de compra-venta de incapacidades laborales o de la milagrosa recuperación de Rocío Jurado. Así que he tomado la firme determinación de darme de baja de todas esas plataformas digitales, compras de diarios, etcétera y las cambiaré por una suscripción al “¡Hola!”. Me voy a ahorrar un pastón, oiga.
Llevo tiempo pensándolo y he llegado a la conclusión que no me gustaría ser inmortal. Ninguna fuerza del universo, por atribuirle el poder de concesión de la inmortalidad a algo, garantiza que la inmortalidad afecte por igual al cuerpo que a la mente. Francamente, a mi me horrorizaría mirarme cada día en el espejo y ver cómo mi cuerpo se va deteriorando y que nada cambie por dentro. No soportaría que mis pensamientos, mis gustos, mis caprichos, continuasen siendo los mismos que ahora tengo que, aunque ya no son los de un adolescente, se conservan bastante bien. Llevaría muy mal que el tiempo se hubiese detenido por dentro, como si todo fuese fresco y reciente y que, por fuera no me reconociese.
Pero eso no es lo peor. Lo peor sería ir viendo cómo se te van muriendo familiares y amigos. Al dolor que eso me produciría, mis únicos actos sociales serían el acudir a los entierros. Y no me gusta pasarme todo el día de cementerio en cementerio. Siendo inmortal me quedaría solo y sería un ser triste. Odio la soledad.
Además no estoy muy seguro en qué me convertiría y eso, a mí que soy una persona racional, me preocupa. Porque claro, si el cuerpo se va deteriorando, llegará un momento en que se pudra y no quede nada de él. Y eso sin contar que, como sería inmortal y no me afectaría nada, mientras se pudre iría andando por la calle tan tranquilo, lleno de ávidos gusanos por ver quién se come antes el último pedazo de no sé sabe bien qué parte de mi cuerpo. ¡! Que horror ¡! Ya me imagino a la gente mirándome por la calle y criticándome y yo, que no tendría ni ojos, ni lengua, ni boca para replicar, a aguantar las impertinencias y los insultos que me dijesen. Claro, que como no tendría ni orejas, ni trompa de Eustaquio que funcionase, no me enteraría de nada. Pero no puedo evitar que me cause desazón el pensarlo.
Y mi futuro no estaría nada claro. Vamos, que no lo veo porque, si me quedo sin cuerpo porque se lo han comido los gusanos, ¿qué voy a ser? ¿viento? Eso es una incomodidad y me fastidia que, cada vez que sople otro más fuerte que yo, se me lleve a dónde no quiera ir. La verdad, a medida que voy avanzando en este escrito, estoy más convencido de la inutilidad de ser inmortal porque sin gusto, tacto, olfato, vista y oído ¿qué sentido tiene serlo? ¡Menudo aburrimiento me esperaría!
Así que mejor me quedo en mi condición de mortal. Total aquí, bajo tierra dónde me encuentro ahora, con alojamiento gratis, sin pagar impuestos, acompañado de estos animalitos tan simpáticos que me suben por el cuerpo haciéndome cosquillas y, con personas ahí fuera que, seguro, siempre me recordarán con cariño, tampoco se está tan mal.
Estaba obsesionada en un hombre que nunca había reparado en ella, a pesar de que siempre disponía para él las mejores telas que confeccionaba en su taller. Para llamar su atención, se hizo el firme propósito de preparar una tela nunca vista con la que quedase prendado… y se puso a ello. Disponía cautelosamente los hilos, uniéndolos con destreza y gravando un único pensamiento en todos ellos “tiene que ser para mí”. Con esa idea preparaba la urdimbre que cada día colocaba cuidadosamente en el telar, pensando que llegaría a formar una pieza de propiedades mágicas. Un tejido con el que podría atrapar su voluntad y hacer con él, el objeto de lo que se había convertido en una pasión enfermiza. Y así fueron pasando semanas, meses, muchos años, en la que la tejedora fue urdiendo la trama que formase su deseada tela. Una vez la hubo acabado la extendió esplendorosa en una larga mesa de su tienda y esperó a que viniese el que debía ser su hombre, el hombre que poseería al doblegar su voluntad. Cuando éste atravesó la puerta de la tienda vió la tela, pero ni tan siquiera hizo ademán de cogerla.
"¿No te gusta?" acertó a preguntarle la tejedora con cara de asombro.
"Si. Es muy bella. Sus tejidos son los mejores y los bordados son magníficos. La has trabajado mucho y muy bien, pero no voy a comprártela"
"¿Por qué?"
"Tu tela es tan exclusiva que no la utilizaría por temor a estropearla. No podría exhibirla porque me tendrían envidia al poseer su belleza. Entonces tendría que guardarla en una armario y ahí no me sería útil"
El esfuerzo, la fabulación que la tejedora había tramado en su telar durante años contra aquél hombre devino inútil. Y es que no hay como emplear adecuadamente las preposiciones para saber de su eficacia.
Se despertó sobresaltado y sudoroso. Un sueño angustioso en el que había escuchado nítidamente la voz de su amante pidiéndole auxilio, provocó su repentina vigilia. Pasados los segundos que se tardan en cruzar la frontera del mundo de los sueños, se quedó sentado en la cama, observando como la luz de la Luna llena se colaba a través de las rendijas de la persiana iluminando tenuemente la estancia. El silencio era tan evidente, que acercó el oído a la cara de su pareja para comprobar su respiración, como si temiese que algo terrible le hubiese sucedido. Estaba profundamente dormida… como su deseo por ella. A pesar de eso, de que la pasión por Ana se había agotado, Juan permaneció fiel a su compromiso. La plácida convivencia de más de veinte años de matrimonio, forjó una amistad y un cariño que le hizo inmune a cualquier ataque de enamoramiento que le proporcionaban sus continuas correrías extramatrimoniales.
El grito ahogado en el sueño de su última amante, le inquietó. Luisa, que así se llamaba, había entrado en su vida hacía tres años y la relación con ella fue diferente a todos sus anteriores devaneos desde un principio. Representaba todo aquello que le estaba prohibido, todo lo que le es vedado a una pareja convencional, que hace de sus relaciones extraconyugales, la válvula de escape por donde respira su estabilidad. Era una relación oscura, gótica, morbosa, indecente y pasional, muy pasional basada en el dominio de la mente y el imperio de la impostura. Luisa era el lado oscuro de Juan y él lo era de ella, pero no por ser oscuro dejaba de aportar claridad a los sentimientos de Juan. Él, un hombre maduro, de apariencia respetable y burguesa, sabía muy bien lo que quería y era a Luisa. Esa mujer que alertaba su conciencia y excitaba como nadie su cuerpo, aún sin verla, aún sin tocarla.
Por eso y por el despiadado desdén con que a veces lo trataba, dejó que se colara hasta el mismísimo corazón de su alma apoderándose de ella.
Por eso tampoco le extrañó que le pidiese ayuda a través de su sueño. Así, en plena madrugada, Juan decidió ir en su búsqueda, pero ¿dónde? No sabía dónde encontrarla. Salió a la calle. La ciudad dormía y, de repente, sintió a sus espaldas una extraña corriente de aire que lo empujaba. “Sigue al viento” recordó que una vez Luisa le dijo “El viento del norte te llevará hasta mí”. No se sorprendió que el viento soplase únicamente para él. Los árboles de un parque cercano permanecían inmóviles. Miró al cielo. Ni una nube. Silencio absoluto. Quietud total. Parecía que no solo la ciudad, sino el Universo entero estuviesen dormidos. Todos menos Juan y su deseo de encontrarse con Luisa.
El viento condujo a Juan hasta las afueras de la ciudad y, una vez hubo dejado atrás la última casa, el último vestigio de hormigón, la corriente de aire lo empujó hacia un camino secundario. Juan no conocía esa vía a pesar de haber vivido siempre en aquella ciudad. Pero ni se sorprendió, ni ello le hizo desistir de sus propósitos. Quería llegar cuanto antes junto a su amada. Anduvo más de dos horas por aquél camino que, cuanto más recorrido tenía, más ganaba en espesura, tanta, que Juan no encontraba casi aire para meter en sus pulmones aún teniéndolo todo para él. Llegó a un claro del bosque que la Luna llena, en todo lo alto de la bóveda celeste, se encargaba de iluminar. La corriente de aire paró de repente, señal inequívoca de que habían llegado a su destino. De entre unos matorrales apareció una figura que se llevó hacia ella toda la luz de aquél espacio del bosque. Era una mujer. Era Luisa. Su amante, su amada. La imagen, bañada por los rayos de luz de la Luna, le daba una luminosidad que le hacía parecer divina. Hermosa. Sobre su cuerpo una capa negra que le llegaba más abajo de sus pantorrillas.

“Acércate Juan, te necesito para no morir”, le dijo Luisa en un tono suave y calmado que no parecía albergar la gravedad que significaban aquellas palabras. Juan se acercó a su amante sin dejar de mirar a sus ojos y, antes de que Juan pronunciase palabra, Luisa continuó hablando. “Debo beber tu sangre”. Sin dudar él le ofreció el cuello. Luisa aún lo acercó más tirándole dulcemente de las manos. Abrió su capa. Lo arropó como a un niño y posó sus labios sobre la yugular del cuello de Juan. Tuvo un pequeño escalofrío al sentir el contraste de la frialdad de los labios de Luisa, con el calor de su piel, regada aún con su sangre, esa sangre que sería néctar de vida para su amada. Sintió el afilado aguijonazo, de los dientes clavándose en el cuello y notó como la sangre se escapaba a borbotones por los orificios que perforaban su yugular. Lejos de sentir dolor, experimentó un inmenso placer en aquél viaje a ninguna parte. Sabía que la vida se le estaba escapando… Se iba diluyendo en un éxtasis de sublimes delicias… No le importaba porque marchaba a una tierra de hechizos desconocidos…
Juan se despertó sobresaltado y sudoroso. El sol del mediodía que insultante golpeaba las paredes de la habitación, hizo que los ojos se le cerrasen en un guiño grotesco, intentando expulsar aquella súbita invasión de luz. Instintivamente alargó su mano hacia la derecha buscando el cuerpo de Ana para que lo calmase. Ahí estaba, dormía plácidamente a su lado…
¿Dormía?... El forense diagnosticó que Ana se desangró durante el sueño. Nadie pudo explicar cómo no dejó una gota de sangre en su pijama o en las sábanas. No existía razón científica para lo sucedido, como tampoco nadie advirtió dos pequeñísimos orificios en el cuello de Ana, justo en la piel que tapaba su yugular.
Se dice que alguien que tiene una relación amorosa ocasional, está teniendo una aventura. Nuestro diccionario de la Real Academia de la lengua española, define aventura, entre otras acepciones, como “empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”. Curiosa definición que diría describe la vida en pareja. Por eso cada día escasean más los aventurer@s.
A pesar de ser jueves he sonreído cuándo un amigo me ha remitido el siguiente correo:
A medida que avanzo en edad, valoro las mujeres que tienen más de
cuarenta más que a cualquiera. Aquí hay algunas razones de por qué:
Una mujer de más de 40 nunca te va a despertar en la mitad de la
noche para preguntarte "Qué estás pensando?"-. No le interesa lo que
estás pensando.
Si una mujer de más de 40 no quiere mirar un partido de fútbol no da
vueltas alrededor tuyo. Se pone a hacer algo que ella quiere hacer y
generalmente es algo mucho más interesante.
Una mujer de más de 40 se conoce lo suficiente como para estar
segura de si misma, de lo que quiere, y de con quién lo quiere, son muy
pocas las mujeres de más de 40 a las que les importa lo que tu pienses
de lo que hace ella.
Una mujer de más de 40 ya tiene cubierta su cuota de relaciones
"importantes" y "compromisos". Lo último que quiere en su vida es otro
amante posesivo.
Las mujeres de más de 40 están dignificadas. Es muy raro que entren
en una competencia de gritos en el medio de la ópera o en el medio de
un restaurante caro. Por supuesto que si piensan que te lo mereces no
van a dudar en dispararte un tiro.
Las mujeres de más de 40 son generalmente generosas en alabanzas.
Ellas saben lo que es no ser apreciadas lo suficiente.
A una mujer de más de 40 le queda bien el lápiz de labio rojo
brillante. Esto no es así en mujeres jóvenes.
Las mujeres de más de 40 tienen suficiente seguridad en sí mismas
como para presentarte a sus amigas. Una mujer más joven puede llegar a
ignorar hasta a su mejor amiga.
Las mujeres de más de 40 se vuelven psíquicas a medida que pasa el
tiempo... No necesitas confesar tus pecados, ellas siempre saben.
Son honestas y directas. Te dicen directamente que eres un imbécil
si es lo que sienten sobre ti.
Los hombres tenemos muchas cosas buenas que decir de las mujeres de
más de 40 y por múltiples razones.
Lamentablemente no es recíproco. Por cada impactante mujer de más de
40, inteligente, bien vestida, sexy, hay un hombre de más de 40 .
pelado, gordo, en pantalones amarillos haciéndose el gracioso con una
mujer de 20.
A las seis de la mañana las señoras de la limpieza lo encontraron durmiendo, desnudo y en posición fetal, encima de la mesa de la sala de juntas. Era el presidente del consejo de administración y máximo accionista de la compañía. No se extrañaron de verlo así. De hecho no era la primera vez y sabían como actuar. Debían limpiar la sala procurando no hacer ruido para no despertar al presidente. Tampoco podían mirarlo, ni hablar de ello con nadie. De hecho, ningún empleado les preguntaría a ellas por el paradero del presidente. Ni que decir tiene que no podían tocarlo. Su obligación era hacer el trabajo como si en aquella sala no hubiese nada anormal ni ser humano vivo. Sabían que una cámara vigilaba sus movimientos y que, cualquier contravención de esas simples reglas, les podía costar el despido. No les resultaba agradable trabajar bajo aquella presión ya que, sus movimientos, serían interpretados por quién visionase esas cintas y estarían al albur de sus deseos.
Llegó un día en que las señoras de la limpieza encontraron al presidente durmiendo encima de la mesa de la sala de juntas. Estaba en posición fetal y, esta vez, completamente vestido con un traje impecable. Nadie les había advertido qué debían hacer en una situación como esa pero, ante la duda, decidieron obrar como cuando se lo encontraban desnudo en igual posición. Así que limpiaron sin hacer ruido, no lo miraron y, si alguien les preguntó por él, no lo habían visto.
Cuando finalizaron su jornada laboral el jefe de recursos humanos de la empresa las llamó a su despacho. Les entregó a ambas la carta de despido. Habían hecho mal su trabajo. El presidente, cuando despertó, había encontrado dos motas de polvo en su impóluto traje que no debían estar ahí. Así que sin lugar a dudas, la culpa había sido de las limpiadoras que no se habían percatado de las mismas. Y es que cumplir con las reglas del que manda, no siempre significa hacer bien las cosas.
Creo que la expresión “sentir mariposas en el estómago” como indicativo de que alguien se cree enamorad@ es, cuando menos, desafortunada. El realismo de los adultos se da de bruces con ciertas metáforas juveniles. Y esa es una. A mí, por ejemplo, la expresión de marras me causa desasosiego digestivo. Imagino esos alados animalitos campando a sus anchas alas en mi interior y no me hace ninguna gracia ese descontrol. Mi horror gástrico llega a su punto álgido cuando imagino cómo han podido llegar hasta ahí, al aparato digestivo, los insectos ¿Acaso aquella manzana que mi Eva particular me dió, estaba habitada? ¿Tal vez penetró en mi organismo siendo crisálida confundida en los trozos de lechuga que ingiero ávidamente? Hacerme esas preguntas me lleva a otras mucho más trascendentales ¿Tiene algo qué ver el enamoramiento con la dieta? Está claro que si como jamón (siete jotas, por supuesto) a lo sumo que puedo llegar es a una triquinosis, pero no a una intoxicación de lepidópteros y sentir esa sensación nauseabunda cuando lo pienso. Pero claro, si me harto del exquisito pernil, el colesterol obstruirá mis arterias y mi porvenir cardiaco estará más que en entredicho.
La conclusión a la que llego después de tanta elucubración es que el enamoramiento, para que sea saludable, necesita de una dieta equilibrada.
Finalmente he vencido a la epicondilitis. Los oficios de mi santero y unos ejercicios específicos en mi brazo izquierdo en el gimnasio, han hecho desaparecer el dolor que me ha martirizado durante tres años. La conclusión es que ejercitar el brazo sometiéndolo a terapias adecuadas, ha obrado el milagro. No hay nada como utilizar los miembros para que funcionen correctamente… Tendré que cuidarme este dolor de cabeza que no se me quita desde hace meses.
Vengo a traeros el Sol. Quedároslo porque no lo necesito. Hoy tengo una cita con la Luna para dar un paseo por las estrellas.
La época primaveral es propicia para que el individu@ caiga en la melancolía, florezca la astenia y se instale en el llanto. Hace pocos días coincidían en esos síntomas dos buenas amigas mías. Achacaban su paseo por los arrabales de la depresión a unas relaciones amorosas que no habían acabado bien -lo cierto es que no conozco de relación amorosa que cuándo acaba, acabe bien- y a circunstancias familiares adversas. La terapia que se habían impuesto ambas (que no se conocen) era iniciar una hiperactividad laboral para, decían, “no pensar”. Sin embargo, esa ‘automedicación’ no había funcionado y lo cierto es que se encontraban en una situación límite, “a la que no veían salida”. “La vida es una mierda”, me decían. Cuanto más trabajaban, más ahondaban en “la negra espesura de la depresión”. Y la verdad es que no me extraña.
“Tú no estás deprimida por tu revés amoroso” le decía a cada una de ellas. “Estás deprimida por el trabajo y, cuanto más trabajes, peor te encontrarás”. La reacción de ambas fue casi idéntica. “Ni hablar el trabajo me ayuda a no pensar en mis problemas, que tengo bien identificados”. Pero yo continué con mi argumentación.
El estado natural del hombre, entendiendo como tal la especie humana, no es trabajar. El estado natural del hombre, que se diferencia de los animales en la capacidad de razonar, es utilizar ese raciocinio, no en doblar el espinazo. Cuando el hombre se empeña en ir contra su naturaleza, se convierte en un ser infeliz y tiende a la depresión. El trabajar embrutece. Con el trabajo la especie no avanza. El hombre prehistórico luchaba por su supervivencia cazando animales. Afortunadamente a alguien se le ocurrió manchar la pared de la cueva con la sangre de un animal y ese acto tan simple les produjo satisfacción. El cazador no hizo evolucionar la especie, ese espécimen que se dedicaba a trabajar cazando venados o búfalos, no aportó nada a la evolución. En cambio el pintor o pintora de las cuevas de Altamira, si. Las pirámides se construyeron porque hubo alguien que las ideó, no porque había cientos de peones que acarreaban las piedras. La Humanidad avanza porque hay alguien que piensa, que idea hacia dónde debemos dirigirnos. Los otros somos simples peones que, como aquél cazador, trabajamos para sobrevivir ¿pero qué valor aportamos a la evolución? Ninguno. Por muy alto que sea nuestro escalafón profesional y por mucho que creamos que trabajar nos produce satisfacción. Eso es un cuento que nos queremos creer.
La conclusión es muy sencilla. Si el trabajo es un estado antinatural del hombre (y la mujer), realizarlo causa insatisfacción y una hiperactividad en el que solo pensemos en él, nos llevará a la depresión, como a mis amigas. Para no caer en ella tenemos que volver a nuestro hábitat natural que es el pensamiento, la utilización del raciocinio. Dediquémonos a la contemplación, impulsemos la imaginación y seguro que nuestra creatividad se incrementa. ¿Alguien, por ejemplo, puede dudar de la claridad mental de unjubilado ? Nadie. Mis etapas más creativas y productivas no coincidieron con episodios de trabajo desaforado. Coincidieron con épocas estivales, de relajación laboral. Así estoy yo ahora, que no escribo nada con coherencia.

El día que cayeron de nuevo las bombas sobre inocentes, no encontré mejor consuelo que, esa tarde, irme a la playa en su compañía ...
El mar estaba en calma y, en el horizonte, se juntaba con un cielo lleno de pequeños puntos blancos y resplandecientes...
Las estrellas eran nuestros mudos testigos y parecía como si su brillo lanzase destellos en un lenguaje que quería transmitirnos algo. La paz presidía todo el escenario. La miré a los ojos. Esos que tantas veces me han hablado, que muchas más me han sonreído, y que me han amado hasta el infinito. Y pensé en lo afortunado que era, que éramos al tener todo aquello...
Aún hoy no logro entender el porqué queremos perderlo...

Hoy voy a hacer de padre o, más exactamente, escribiré como lo hace un padre. Es una advertencia para tod@s aquell@s que quieran saltarse lo que escribo y no quieran leer un relato plagado de aquellas maravillas que los padres ven en sus hijos. Os disculpo que me leáis. A mi también me pasaba lo mismo cuándo, antes de tener a mi primera hija, algún amigo o conocido que acababa de ser padre, me soltaba lo “mon@, list@ y espabilad@” que era su retoñ@. Nadie hacía las cosas que hacía su hij@ y ningún otro bebé superaba al suyo “Mira, mira las fotos qué guap@, es” y, a la que te descuidabas, te soltaban hasta la primera ecografía y el vídeo del parto. Y yo ponía cara de bendito apostillando lo que me contaban. La verdad que todo eso me parecía una memez… hasta que me tocó el turno a mí…
El 17 de marzo de 1987 nació mi hija mayor. Fue un embarazo difícil, en el que su madre, después de estar ingresada en el hospital desde el quinto mes, estuvo a punto de perder un riñón. Asaeteada por las inyecciones y el gota a gota durante esos meses, aguantó con esa fortaleza que da el instinto, entre animal y salvaje, de las madres y la ilusión por ese ser que llevaba dentro. El parto no fue menos complicado estando su madre hervida por la fiebre y con la angustia que, de un momento a otro, la infección que tenía le provocase una septicemia. Cuando ya pasó todo le pregunté por los dolores del parto y ella me contestó que no se había enterado, que el dolor de un cólico nefrítico era mucho más fuerte que el de un parto.
Con tanto riesgo, no pude estar en el quirófano. No pude ver nacer a mi hija. Pero recuerdo el instante cuándo la ví por primera vez en este mundo, aún sucia y envuelta en ese papel de aluminio en el que me la trajeron. Ojos abiertos, color miel. Toda su cara eran ojos y pestañas. Enormes pestañas. Me extendió los brazos y por un momento pensé que me veía. Entonces la cogí en mis brazos por primera vez. Fue un movimiento instintivo, como el pensamiento que tuve. “Mi vida por la tuya”. Sin atisbo de dudas. El más real que había tenido nunca. Luego, cuando vino al mundo mi segunda hija, tuve la misma sensación, idéntico sentimiento. Ese fue mi primer pensamiento, el primer sentimiento al tenerla allí, pensando que podía romperse en cualquier momento. “Los niños nunca se rompen en brazos de sus padres” me dijo la enfermera intuyendo mi preocupación. En ese momento me dí cuenta que estaba llorando y que mi felicidad iba a cambiar de nombre…

Valldeflors. Así se llama mi hija mayor. En casa la llamamos Flors. No, no le busquéis traducción. Es un nombre único que tomamos de una Virgen patrona de un pueblo situado en la falda del Pirineo, en la comarca del Pallars Jussà, Tremp. Allí nació su madre que también lleva el nombre de la patrona de su pueblo, pero el nombre antiguo. María Davall de Flors. El nombre no obstante, aunque precioso, se las trae… y tiene anécdota. Fue cuando, al día siguiente de nacer Flors, me dirigí al Registro Civil a inscribirla. Delante de mí, otro padre hacía lo propio con su hija. Vanesa, se llamaba y le dieron el libro de familia en cinco minutos.
- “¿Qué nombre le ponemos a su hija?”, me preguntó la funcionaria.
- “Valldeflors”, le contesté con una entonación que no dejaba lugar a dudas del nombre.
- “¿Cómo? ¿Y de dónde viene ese nombre? Ya sabe que los nombres que no existen no se pueden inscribir”
- “Es la patrona de Tremp”
- “¿Tremp, dice? Espere que voy a ver si está en el libro del ‘Ómnium Cultural’” Y se fue hacia el interior del despacho en busca del libro “Ummm. Aquí no está… A ver…”, pasa que te pasa las páginas la funcionaria y, nada. Ya me empezaba a poner nervioso.
- “Mire, ve” le dije enseñándole el DNI de mi mujer, “su madre se llama igual, bueno con el nombre antiguo, y lo pudo inscribir y todo esto antes de 1975” y pensé, “Cuándo los nombres en catalán no se podían inscribir”
- “Ya lo veo, ya. Pero en el libro no viene y si no viene, no la podemos inscribir con ese nombre”, afirmó muy segura la funcionaria. Yo, que no podía olvidar el padre que, justo delante de mí, había inscrito a su hija con el nombre, tan español, de “Vanesa”, no me reprimí y le dije ya más serio:
- “Oiga ¿Y el nombre de ‘Vanesa’ existe? Porque a mí eso me suena a serie de televisión”
- “Por supuesto que existe. Nada impide poner a los recién nacidos un nombre americano” Habíamos llegado a un callejón sin salida en la conversación y me veía inscribiendo a mi primogénita con el nombre de “Valldeflowers” o algo así. A todo esto que apareció por allí, saliendo del interior, alguien que se identificó como el Juez registrador.
- “Vamos a ver caballero” (ese era yo) “Hagamos una cosa, Ud. me demuestra que el nombre es el de la virgen, y yo le inscribo a la niña”
- “¿Y cómo hago eso?¿Le traigo al cura del pueblo para que testifique?”
- “No, caballero, no hace falta que traiga Ud. a nadie ¿No tendrá una estampita de la virgen donde ponga su nombre?”. Aquello me cogió de sorpresa y casi me parto de la risa cuándo oí lo de “estampita”. Pero el individuo aquél lo decía muy serio y me puse a pensar. Recordé que si, que aún conservaba una postal de la virgen en casa. La tenía del día que nos casamos, naturalmente en la basílica, de más categoría que una iglesia en el escalafón religioso, del pueblo. Me la había facilitado el cura con el que uno tenía que ‘hacer ver’ que se confesaba antes de recibir el “sagrado sacramento del matrimonio”. Se la regalé al registrador al día siguiente y él la guardó dentro de aquél libro gordo y rojo al que le llaman “Òmnium”. E inscribí a mi niña con el nombre que queríamos su madre y yo…

Podría estar escribiendo sobre la vida de Flors durante mucho tiempo. Sus diecinueve años están salpicados de anécdotas. Sus diecinueve años están llenos de vida. No lo voy a hacer. No debería decir, por si acaso ella me lee (que seguro que me convencerá para que lo haga) que es una mujer que se cree afortunada. Se cree afortunada porque puede ir a la Universidad, a la que ella ha querido. Se siente feliz porque tiene amig@s y padres que ejercen como padres, como ella nos pidió. Y una hermana que la adora. Está contenta porque, con su inteligencia y habilidad, lo ha conseguido todo. Y sabe que heredó de su padre la pasión por escribir e imaginar mil historias y el gusto por la lectura. De su madre, lo mejor. La belleza, su fuerza interior, la lealtad, la valentía para encajar la vida de frente.
Ella no sabe que la fortuna la hemos tenido sus padres con el regalo que la vida nos ha ofrecido primero con ella y, luego, con su hermana. Ella no sabe que, para nosotros, sus padres, la felicidad lleva el nombre de Valldeflors y Rosa, cuando las vemos sonreír. Ella no sabe que el Amor, ese que se construye con mayúsculas y que es para siempre, lo escribimos con sus nombres.

Felicitats Flors. T’estimo.
Lo reconozco.
Soy como un espejo.
Cuando no me miras pierdo toda identidad.
Por eso busco tu mirada. Para recuperarme en tus ojos.
Cuenta la leyenda que un mendigo se dirigió a un próspero pueblo para pedir que le diesen de comer. Una a una todas las casas le fueron negando la ayuda hasta que, unas mujeres que hacían pan, le prepararon uno en su horno. Echaron la masa y el pan creció tanto que casi no pudieron sacarlo. Al hacer el segundo pan las mujeres decidieron poner menos masa que en el anterior, pero el pan aún creció más que el anterior y tuvieron tantas o más dificultades que el anterior para sacarlo del horno. Al mendigo le dieron el primer pan para que satisficiese su hambre.

El indigente, que al comer recuperó los poderes mágicos que poseía, decidió dar un escarmiento a los habitantes del pueblo. A las mujeres que lo habían socorrido les dijo que subieran a lo más alto del pueblo ya que iba a anegarlo. Tan pronto lo hubieron hecho, pronunció las palabras mágicas que dicen todos los personajes en las leyendas y, de repente, empezó a manar agua de la tierra, como una gran fuente que pronto dejó bajo las aguas las casas del pueblo, excepto una pequeña isla que nunca se cubre y que era precisamente donde se ubicaba la tahona en la que fue acogido el pobre.

Y dicen que, en la noche de San Juan, quién se acerca a esas aguas puede oír el tañer de las campanas de la que fue la iglesia del pueblo.

Por eso, en los lugares de la zona, se suele comer bajo tierra…
Este fin de semana estuve de viaje. Trabajos y placeres se mezclaron. Como siempre, me alborotaron alma y cuerpo y ambos vinieron algo más llenos y cansados que cuándo me fui el viernes.

Como por estos lugares virtuales gusta proponer juegos, no voy a ser menos y haré lo propio. Os propongo que adivinéis dónde estuve. Las primeras pistas, las fotos que estáis viendo. Si no conseguís acertar, colgaré fotos más evidentes… de los lugares, no de los placeres.

Un último apunte. A pesar de mis temores (confieso) a coger aviones, cosa que hago con frecuencia, sé porqué esta vez el bólido volador me causaba confianza. Por eso inmortalicé el aparato.

Y por supuesto hay premio…
Los médicos son como los inspectores de hacienda. Siempre que vas a visitarlos te encuentran alguna cosilla que, a buen seguro, no te va a gustar. No se si es porque quieren justificar su trabajo o para recordarte que tu naturaleza es caduca.
Por eso no me gusta ir al médico. Me pone muy nervioso, la verdad. Siempre estoy esperando que me diga que tengo alguna enfermedad innombrable y que, cuando salga de su visita, tenga que ir a encargar la caja de pino y liquidando a mis deudos. Conociéndome de mi angustia por visitar a los galenos, ya voy preparado, es decir, cómo me sé de memoria lo que me va a decir y los remedios que me va a aconsejar para ‘regularme’, me los he aprendido todos y, cuando me dicen, por ejemplo: “No tiene que beber leche ni productos derivados de la leche”, le contesto: “Hace años que no tomo leche, ni unto mantequilla… en el pan”. Eso ya empieza a descolocarles un poco.
Hace unos días me tocó ir a la revisión médica rutinaria anual. Ya sé que “lo mío” de toda la vida, es el colesterol y la tensión altos. La verdad es que no cuido esos dos indicadores, los maltrato todo lo que puedo desde hace muchos años para ver si me abandonan. Pero no hay manera, ahí siguen, desde su atalaya recordándome que aunque parezca saludable, tengo mis limitaciones físicas. Así que ya entré preparado en la consulta del médico. Un orondo y joven médico. Después del consiguiente saludo, coge mis análisis de sangre y orina y me dice: “Tienes el colesterol algo alto” (siempre emplean el trato próximo para darte las malas noticias así, piensan que les coges confianza) “¿De veras?” le contestó ingenuamente y con grandes dosis de bobería. “Si. Nada serio, con privarte de comer algunas cosas, se te arregla rápido. Evita las carnes grasas, la mantequilla, los huevos, bollería…” Siempre les dejo soltar la retahíla para que se ganen el sueldo y ya, cuando acaban, es cuando los ‘plancho’ “Es que, doctor (no sé porqué nos empeñamos en llamarles ‘doctores’ si en realidad casi todos son médicos lisos y rasos) casi no como carne, me inflo de verdura, ensaladas y frutas y me encanta el pescado azul. Ah! Y tampoco le pongo ni sal, ni azúcar a lo que como” Cuando termino de darle mi explicación dietética el brillo de triunfo que se ve en mi cara es inversamente proporcional al de contrariedad y fastidio de los galenos. Los dejo sin argumentos profilácticos para curar mis enfermedades… “¿Y ahora qué le digo a éste que ni fuma, ni bebe?” deben pensar y lo peor “¿Qué le receto?”
Mientras nos encontrábamos en esta disyuntiva, yo con aire de triunfo y el galeno presa del abatimiento, me dijo: “Bueno, ahora, vendrá Piluca y le acabará de completar la revisión. Ya sabe, le tomará la tensión, le pesará y todo eso…” De golpe y porrazo, sabedor de mi dominio, había pasado al trato consular. A todo esto se abre la puerta y entra la susodicha Piluca… ¡Por Dios, qué ejemplar de hembra! ¡Pero que metro setenta más bien colocado en esa bata que le ajusta perfectamente! Bueno, le ajustaba perfectamente al cuerpo, pero no así al pecho que rebosaba generoso entre los botones abiertos de la vestimenta. La tal Piluca me arremangó la manga (yo fui incapaz de articular palabra o realizar algún movimiento con cierta coherencia) y me colocó la manopla para tomarme la tensión. “¿Qué estás nervioso?” me preguntó “¿Nervioso yoooo ¿? ¡Que va!” “¡¡Uyyy. Pues tienes la tensión por las nubes ¿eh? Tienes que cuidarte!!”

Cuando la enfermera terminó de hacerme todas las pruebas empujando mi tensión hacia algún remoto lugar de la galaxia, el médico me esperaba con una sonrisa que le cruzaba la cara “¿Así qué la tensión alta, eh ¿? Y sin estar nervioso, sin motivos aparentes. Puessssssss, pasa, pasa, que te voy a recetar algo”. Ya estaba. Otra vez, al final, me habían vuelto a ganar la batalla… Salí por la puerta de la consulta abatido. Mientras, desde la puerta, el orondo galeno me despedía con la mejor de sus sonrisitas diciéndome: “Anda muchachote, hasta el año que viene. ¡¡ Y cuídate ¡!”.
A los extraterrestres se les ocurrió visitar el planeta Tierra para estrechar lazos de amistad con otras civilizaciones, que como la suya, fuesen inteligentes. El lugar escogido para el encuentro fue la ciudad de Barcelona, en Catalunya. El día, un siete de marzo. La hora aproximada del descenso de la nave interplanetaria la situaron entre las 20’30 y las 22’30 horas de la medición terrestre.
Llegado el día, sobre las 21 horas terrestres, la nave espacial se posó sobre la Plaza Catalunya, el corazón de la ciudad, decían los informes de aquellos seres venidos de otro mundo. Les extrañó que ningún habitante del planeta les fuese a recibir. Su sorpresa fue en aumento cuando, al salir de la nave, encontraron la plaza vacía, solo el viento circulaba por ella.
Los alienígenas decidieron subir a la nave y recorrerse la ciudad para ver si encontraban algún rastro de sus habitantes. Así que, a escasos cien metros del suelo, enfilaron el Paseo de Gracia hasta llegar al cruce con la Diagonal. En su recorrido, los tripulantes oteaban las calles a través de las ventanillas del vehículo espacial. Nada. Ni atisbo de vida.

“Pí, pí”, sonó tenuemente el radar, en el puente de mando. “¡¡xry999!!”, se dirigió a quién parecía su superior el humanoide de ojos vivarachos sin apartar la vista de la pantalla del radar, “se detecta una fuente de calor a una milla terrestre de donde nos encontramos”. “¡Vamos hacia allá, deprisa”, ordenó xry999 con excitación evidente. Así que el platillo volante enfiló la Diagonal cuando esta se orienta hacia la montaña.
“Pí, pí, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”, el sonido de radar era ahora claramente audible en todo el puente de mando. Las cabezas de aquellos seres se agolparon en las ventanillas de la nave, atraídos por un fuerte haz de luz que provenía justo debajo de dónde se encontraba la nave. Un griterío ensordecedor e ininteligible para aquellos seres atronaba en todos los rincones de la nave... "¡¡Oooooeeeeeeoooooeeeeeeeeooooooeeeeeeoooooeeee!!" “¡Ahí están! ¡Ahí están!” chillaban alborozados los hombrecillos de más allá de las estrellas “¡¡Por fin los hemos encontrado!!”.

Bajo la nave espacial, nadie de los más de ciento ocho mil humanos que rodeaban el césped del “Nou Camp”, se percató de la presencia del enorme vehículo interestelar. Y si alguien reparó en ella no le hizo caso. Sus héroes de otro mundo estaban ya allí, vestidos de azul y grana.